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A veces, como surgidas de la nada aparecen películas con una perspectiva diferente, una temática distinta o un punto de vista novedoso. Y aunque parezca mentira, tras más de un siglo de millones de kilómetros de rollos de celuloide, por momentos parece que ya hemos asistido a todo en las salas de cine. Pero de repente, normalmente cuando menos te lo esperas, aparece algo distinto que refleja la enorme variedad, complejidad y riqueza del cuerpo, y no digamos, del alma del ser humano.

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JACK, ALEMANIA 2015 Si hay algo que haya confirmado la última edición del Festival de San Sebastián, es que el terreno de la infancia y juventud sigue en el centro del punto de mira y de las preocupaciones narrativas de una gran parte del cine actual, con independencia de su nacionalidad.

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El cine posee la capacidad de trasladarnos a espacios insospechados, de acercarnos a situaciones desconocidas, de interrogarnos sobre nuestros ideales, en definitiva, de agitar nuestro intelecto. Otras películas que actúan en exclusiva sobre nuestros sentimientos y lo que acabamos de ver nos eleva de tal manera que, antes de que se enciendan las luces,  hemos decidido cambiar de vida, amar de otra manera o ponernos a bailar. Y éste es el caso de Tanzträume, esos “sueños bailados”.

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Un filme estética nouvelle vague, chicas con cortes de chico, una fotografía en blanco y negro radiante, en la que se puede contar los granos de película, una suntuosa banda sonora de jazz que acompaña al joven por un Berlín, brillantemente fotogénico. Una primera película de Jan Ole Gerster, fresca, divertida y original que promete una continuación de su carrera muy interesante.

Un filme estética nouvelle vague, chicas con cortes de chico, una fotografía en blanco y negro radiante, en la que se puede contar los granos de película, una suntuosa banda sonora de jazz que acompaña al joven por un Berlín, brillantemente fotogénico. Una primera película de Jan Ole Gerster, fresca, divertida y original que promete una continuación de su carrera muy interesante.

Una profunda crisis de creatividad o de inspiración, unida a la ausencia de público, acompañó al cine alemán durante los últimos 10 años del siglo pasado (el inolvidable Fassbinder murió en 1982 y Cielo sobre Berlín de Wim Wenders se estrenó en 1987). Sin embargo, a finales de los década de los 80 ingresaron como alumnos en la Academia Alemana de Cine y Televisión de Berlín (DFFB) Thomas Arslan, Christian Petzold o Angela Schanelec, que integrarían la llamada Escuela de Berlín.

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El segundo film de la directora de origen franco-iraní, Emily Atef, es un buen ejemplo de una historia, que te atrapa desde la primera imagen y que no te deja tranquilo en la butaca ni un solo instante, arropada por un conjunto de actores excelentes y con un luz inspirada en las obras de los pintores Edward Hopper y Caspar David Friedrich.

El segundo film de la directora de origen franco-iraní, Emily Atef, es un buen ejemplo de una historia, que te atrapa desde la primera imagen y que no te deja tranquilo en la butaca ni un solo instante, arropada por un conjunto de actores excelentes y con un luz inspirada en las obras de los pintores Edward Hopper y Caspar David Friedrich.

Cierra los ojos y escucha como las notas del Himno de la Alegría de Beethoven invaden tu cerebro. No estás en una fastuosa sala de conciertos sentado en una butaca de terciopelo rojo sino en pleno descampado sobre una incómoda silla de plástico. No los abras todavía. Las notas de cada instrumento y las voces de su coro poseen una resonancia especial, como si los  miembros de esta singular, y única, orquesta sinfónica africana aportase a cada compás una vida propia.

Cierra los ojos y escucha como las notas del Himno de la Alegría de Beethoven invaden tu cerebro. No estás en una fastuosa sala de conciertos sentado en una butaca de terciopelo rojo sino en pleno descampado sobre una incómoda silla de plástico. No los abras todavía. Las notas de cada instrumento y las voces de su coro poseen una resonancia especial, como si los miembros de esta singular, y única, orquesta sinfónica africana aportase a cada compás una vida propia.

El expresionismo alemán de los años 20 trasladó el mito del vampiro al universo del cine sentando las bases de un género, que nunca ha conocido la crisis, con míticas películas como Nosferatu (1922) de F.W. Murnau o M. el vampiro de Düsseldorf (1931) de Fritz Lang. Quizás el hecho de que años más tarde, un energúmeno con bigote obligase a estos célebres cineastas a salir corriendo de su país, sea la causa de que, casi un siglo después, el cine alemán no haya recuperado aún este magnífico…

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Margarethe Von Trotta, una de las directoras que mejor sabe retratar las personalidades fuertes femeninas, no se limita a realizar una biografía a la usanza sobre esta impresionante mujer. La realizadora se ha centrado en los cuatro años que cambiaron la vida de Hannah Arendt, a raíz de la publicación de su teoría sobre la banalidad del mal.

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a series of unfortunate events: favorite series, worst movie

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